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Johannes Vermeer van Delft es el m�ximo exponente de la pintura de ambientes intimistas en la casa de la burgues�a holandesa. Representa el ideal de la pintura holandesa, la m�s perfecta representaci�n de la forma de vida en ese pa�s, ya que sus obras parecen tomas fotogr�ficas que recogen escenas cotidianas de vida tranquila.
La suave modulaci�n de la luz que penetra del exterior, las actitudes de despreocupada concentraci�n de los personajes en las tareas y ocupaciones m�s dispares, dotan a sus cuadros de un sentido afable, pac�fico y amable, mediante el cual se refleja el gusto holand�s por la minuciosidad con que se concibe el mundo objetivo; un mundo que aparece como el medio donde se desarrolla pausada y satisfactoriamente la existencia humana.
Estos ambientes c�lidos y hogare�os son el resultado de un estudio pormenorizado y artificioso. Las composiciones y los efectos luminosos constituyen los ejes b�sicos de unos estudios perspectivos complejos. Su misi�n es precisamente la de acotar un espacio real, aprehensible y dominable, al tiempo que nada de la verdadera estructura del cuadro sea visible a primera vista.
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Su t�cnica es minuciosa reproduciendo los detalles m�s peque�os de los interiores en los que gusta de encuadrar a sus personajes. "La carta", "La Encajera", "La alegor�a de la pintura", "La Calleja"� recogen con una t�cnica perfecta esa realidad cotidiana de la vida en Holanda. De hecho, Vermeer siempre pintar� ese mismo cuadro: su habitaci�n, el suelo a cuadros, una cortina que aparece interpuesta con la ventana de vidrio emplomado. Es la respuesta domesticada a las necesidades del medio, a un pa�s superpoblado al que la confrontaci�n religiosa y pol�tica ha partido en dos (el mismo artista nacido protestante tuvo que convertirse al catolicismo para poder casarse), y que por puritanismo anti-barroco ya no tiene majestuosos encargos de grandes pinturas, sino que debe acomodarse al peque�o formato del retrato, de los bodegones y del paisaje.
Consecuente con esta realidad y aceptando la realidad que le toca vivir que no es otra que la limitaci�n de lo dom�stico, Vermeer consigue el milagro de pintar obras magistrales sin salir del reducido espacio de su estudio.
Al contemplar su obra, se nos permite apreciar que en la fresca claridad de Vermeer, ning�n contraste es excesivo, e incluso se percibe en que la luz, inenarrable, consigue lograr raras y sutiles tintas de color. La luz despu�s de Vermeer es, m�s que nunca, la luz elegida y amansada, amiga de nuestra intimidad.
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