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Fue el paisajista m�s notable del romanticismo alem�n, el pintor por excelencia de la naturaleza entendida como trascendencia. Nacido en Greifswald (Alemania) en 1774, era el sexto de los nueve hijos de un fabricante de velas y jabones. Varios fallecimientos ocurridos en su familia a lo largo de su infancia le promovieron a que se ocupase intensamente sobre el tema de la muerte. Hacia 1790, con 16 a�os, recibi� clases de Johann Gottfried Quistrop, profesor de Dibujo de la Universidad de Greifswald, quien posiblemente le transfiri� su entusiasmo por el paisaje de su tierra natal. Entre 1794 y 1798 estudi� en la Academia Real de Bellas Artes de Copenhague, considerada por aquel entonces una de las Academias m�s modernas. Fue alumno principalmente de Jens Juel, uno de los pintores daneses m�s importantes del siglo XVIII. En oto�o de 1798 se traslad� a Dresde, el centro del movimiento rom�ntico alem�n, donde acab� de formarse.
En Dresde vivi� como pintor y mantuvo su residencia hasta su muerte. La representaci�n de la naturaleza alcanza con Friedrich la expresi�n m�s elevada de la trascendencia del universo, donde el hombre cumple el insignificante papel de espectador disminuido frente a la magnitud del paisaje.
En 1808 pint� su primera gran pintura al �leo: "La cruz en la monta�a" (El retablo de Tetschen) que se encuentra en The Galerie Neue Meister de Dresden. Pintura muy poco habitual que desat� una fuerte pol�mica. No obstante, esta obra le aport� gran fama y �xito financiero, abriendo el camino a la pintura rom�ntica en Alemania. Se trata de una de las primeras obras en las que imprime ya su concepci�n del �paisaje sublime�, una nueva modalidad que ser�a muy imitada.
En oto�o de 1810 particip� con sus obras "Monje a la orilla del mar" y "Las ruinas del monasterio de Eldena" en una exposici�n de la Academia Berlinesa. Comenzar� en estos momentos sus a�os de mayor �xito. En 1816 fue admitido en la Academia de Dresde, recibiendo un sueldo de 150 t�leros.
En enero de 1818, con 44 a�os, se casa con la joven Christiane Caroline Bommer, de 25 a�os con quien tendr�a dos hijas y un hijo. Su viaje de bodas lo llev� nuevamente hacia Greifswald y R�gen. Ello le facilit� pintar cuadros como "Los acantilados blancos de R�gen" y "El caminante sobre el mar de nubes". En esta pintura de 1818 y que actualmente se conserva en el Kunsthalle de Hamburgo (Alemania), el hombre de espaldas al espectador, parece hallarse en �ntima plegaria en el templo m�s sublime que existe. En el altar de una elevaci�n monta�osa, el hombre se recoge sobre s� mismo ante la manifestaci�n de la grandeza del paisaje.
La situaci�n pol�tica posterior a las guerras napole�nicas, que no resultaba del gusto del pintor , ya que introdujeron una serie de medidas represoras en la Confederaci�n Germ�nica junto con el asesinato en 1820, mientras daba un paseo, de su amigo, el tambi�n pintor Gerhard von K�gelgen, sumi� a Friedrich en una larga y profunda depresi�n. A partir de esa fecha inmortaliza paisajes campestres, sin dejar por ello las representaciones marinas.
Para su obra "Mujer asomada a la ventana" (1822), su esposa pos�, como el personaje que se encuentra de espaldas. En 1824 es nombrado profesor extraordinario de Pintura de paisajes, sin c�tedra, de la Real Academia de Bellas Artes de Dresde. En 1834 participa en la Exposici�n de la Asociaci�n de arte de Hannover y Berl�n. Al a�o siguiente, el 26 de junio, sufre un ataque de apoplej�a y se retira al balneario de Teplitz en Bohemia. Ya realiza �nicamente sepias y dibujos con acuarela y la penuria econ�mica del pintor aumenta. En 1836 presenta su �ltimo �leo, "Luna tras nubes sobre la orilla del mar", en la Exposici�n de la Academia de Dresde.
En 1837 una segunda apoplej�a le deja casi inv�lido y el 7 de mayo de 1840 fallece en Dresde. Fue enterrado en el cementerio Trinitatis.
En realidad, la pintura de Friedrich es una expresi�n de la conciencia, una conciencia dominada, casi oprimida, por un irrefrenable impulso m�stico. Dentro de un concepto pict�rico simbolista, concibi� a la naturaleza infinita, triste, opresiva, solitaria y silenciosa. El hombre, ahora representado por lo general de espaldas e inm�vil y extasiado, se pierde en un paisaje contemplativo, en el que la idea de Dios est� siempre presente por medio de la misma magnitud de este escenario natural con el encuentro de la tierra y el cielo, la ausencia de ruido y el car�cter ef�mero grande y peque�o que parece dar a la existencia.
Algunas obras de Friedrich nos llevan a contemplar la naturaleza como el contrapunto de la soledad del yo, del deseo y ansia de muerte como �nico medio de alcanzar la infinitud que el alma rom�ntica anhela.
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