Alfred Sisley

Alfred Sisley
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París, 1839 – Moret-sur-Loing, 1899

Con diferencia, Sisley ha sido el artista menos estudiado de los miembros del grupo impresionista. Nacido en París un 30 de octubre de 1839, fue el segundo hijo de una familia de comerciantes de origen inglés. A los dieciocho años su familia lo envió a Londres a perfeccionar su inglés y formarse en el negocio familiar, pero él prefirió visitar los museos.

 

A su vuelta a París, en 1862, no encontró oposición familiar a seguir la carrera artística, para lo que ingresó en el estudio de Charles Cleyre, un pintor académico de origen suizo. El taller de Gleyre cerraría apenas un año después, pero en tan breve periodo Sisley coincide all con Monet, Renoir y Bazille.

Quienes lo trataron coinciden en que Sisley era un hombre amable, discreto y lleno de encanto. Renoir, a quien se lo presentó Bazille en 1862 en el estudio de Gleyre, lo recordaba como “un ser humano delicioso, capaz de conmoverse por la presencia de una mano o incluso por un mirada agradecida“. Tímido y silencioso en las apasionadas tertulias del café Guerbois, Renoir apreciaba la alegría y el “intrépido buen humor” que desplegaba en los ambientes más recoletos.

CUADROS EN LIENZO DE SISLEY

Los juicios sobre sus obras no parecen sino una extensión de las impresiones sobre su persona. Sisley se convertiría en una especie de complemento poético de Renoir y, sobre todo, de Monet, el “más hábil y audaz”. Durante sus años en Londres ya había mostrado un interés preferente por el paisaje (Turner, Constable, Bonnington), pero será el estusiasmo que Boudin había inculcado en Monet por la pintura al aire libre lo que empujará al grupo de amigos a reunirse en Chailly, junto al bosque de Fontainebleau, en la Semana Santa de 1863, quedando deslumbrados por los lugares que desde treinta años antes venían cultivando los paisajistas de Barbizon. En el futuro volverá Sisley con frecuencia a esos paisajes, que los demás impresionistas dejan un tanto de lado, aunque también desde 1870, pinta en los lugares tópicos de sus compañeros, como Argenteuil, los canales del Sena cerca de París o Louvecciennes donde vivirá entre 1871 y 1874.

Tras el estallido de la Guerra Franco-Prusiana, el artista que ya tenía dos hijos, había gozado de rentas familiares, pero la ruina de su padre tras la guerra le obliga a ganarse la vida con la pintura. Su existencia se transforma en lo sucesivo en un calvario de privaciones, cuyo dramatismo solapa bajo la apariencia lírica y amable de sus obras.

Entre 1874 – 1877, vivirá en Marly donde irá ahondando en su repertorio de escenas soleadas, recreadas con una mirada lírica y sentimental. Por el contrario, cuando la luz esta filtrada por las nubes oscuras, la obra se desarrolla en una leve melancolía, igualmente poética, como en los célebres cuadros sobre las inundaciones que representó en Marly.

Posteriormente y durante los años que vive en Sévres, Sisley reafirma su técnica mientras su precariedad aumenta. Todas sus pinturas revelan el mismo estilo y finura, la misma tranquilidad. Pinta también en Meudon, Suresnes, Saint Cloud y otros lugares cercanos a París. A semejanza de Constable o Corot, sus cuadros tienen el horizonte muy bajo y el cielo ocupa buena parte de su superficie, constituyendo un elemento plástico de primer orden: “El cielo no es un simple fondo; sus planos dan profundidad y el perfil de las nubes da movimiento al cuadro“. Su función principal, de acuerdo con su posición romántica ante la naturaleza, es fijar la temperatura emocional del cuadro, de modo análogo al funcionamiento de la clave en una pieza musical.

Moret-sur-Loing, donde lo encontrará la muerte el último año del siglo diecinueve, es el lugar más vinculado a su obra y figura. En 1880 se mudó a Veneux-Nadon y, tres años después, a Sablons, ambos a escasos diez minutos de la villa medieval de Moret. Allí se establece definitivamente en 1899, en una casita junto a la vieja y maciza iglesia gótica. Precisamente la iglesia de Moret será el motivo de una serie de pinturas realizadas entre 1893 y 1894 que constituyeron lo mejor de su obra tardía, y cuya compararación con la de la catedral de Rouen, de Monet, muestra a las claras la diferencia entre ambos a la hora de abordar el lenguaje del impresionismo.

CUADROS EN LIENZO DE SISLEY

 

Muy afectado por la crónica incomprensión hacia su obra, Sisley intentó ampliar su estilo, hacerlo más vigoroso, pero, al alejarse de su registro natural, su paleta se ensucia y su ejecución parece más torpe.

En sus últimos años, viendo que seguía en el pozo mientras sus compañeros empezaban a salir de él, su amargura creció, sentía como iba perdiendo sucesivamente todos los goces, excepto el de pintar, que nunca le abandonó. Su impresionismo poético y romántico, de suaves tonalidades rosadas y violetas se consolida mientras sus finanzas empeoran: casi toda su correspondencia son dramáticas peticiones de ayuda a sus amigos. Amargado y un tanto distanciado de todos, fallece en Moret-sur-Loing el 29 de enero de 1899, tras una penosa agonía, de cáncer de garganta.

Monet y Renoir serían los auténticos vanguardistas, mientras Sisley, pese a ser el menos “radical”, fue también el menos afortunado del grupo. Compartió con los demás los años de rechazo e incomprensión, pero mientras el resto conocían el éxito a finales de los años ochenta y en la década de los noventa del siglo XIX, Sisley se debatió hasta su muerte en la miseria y el olvido. A partir de 1900 sus cuadros alcanzan importantes cotizaciones, aunque la crítica sólo lo ha rehabilitado a medias, asignánndole ese papel de gentil segundón.

Lo que diferencia a Sisley de sus compañeros es su relación emocional con el cuadro. En 1891, comparando uno de sus paisajes nevados con otro de Monet, George Moore escribe:

“Sisley es menos decorativo, menos superficial; su toque es más cuidadoso. Ha mirado con más profundidad la naturaleza, que para él es algo más que apariencia brillante”.

Sisley no pinta tanto la apariencia de las cosas como las cosas a partir de su apariencia. El aspecto cambiante de la naturaleza que queda determinada por la luz se convierte en modo de expresión de una cierta poesía inscrita en ella. Sisley interpretaría esa poesía del paisaje como un instrumento ejecuta su partitura.

Su actitud es claramente romántica. Como para los paisajistas ingleses que admiró en su juventud londinense (especialmente Constable), los cielos cobran singular importancia a la hora de expresar esa relación poética con la naturaleza, cuyo significado está en la proyección sobre ella de las emociones del artista. Esa es la razón por la que Sisley selecciona el tipo de luz que le interesa para cada motivo: días en los que el sol acaricia suavemente los troncos y las hojas de los álamos, arrancándoles esas tonalidades rosadas y violetas en las que radica esa alegría melancólica y primaveral asociada a su obra. El concepto de impresión tiene para él un matiz subjetivo que no prima entre sus compañeros, salvo quizá, y sólo parcialmente, en Renoir. Sisley definió la impresión como “el factor que da vida” al cuadro; pero no se refiere a la sensación coloreada, al fenómeno que registra la retina, sino a la impresión del propio artista, al significado que cobra el motivo tamizado por el temperamento del pintor.

Mientras Monet y Renoir desenmascaran e inutilizan las convenciones del lenguaje académico; mientras Pisarro, Cézanne o Degas avanzan los fundamentos de la pintura moderna, todo en Sisley remite al pasado, a la concepción romántica de la obra de arte. Su técnica y su paleta clara, netamente impresionistas, traduce a un nuevo idioma su sensibilidad artística.

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