El Renacimiento

El Renacimiento
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siglos XV y XVI

A principios del siglo XV se inicia en Italia una nueva cultura que abarca desde la actividad artística y literaria a la científica y que responde a cambio de las mentalidades, de la concepción de la vida y de la sociedad. Este fenómeno, que conocemos como Renacimiento, dista de ser algo que aparece configurado desde un primer momento, dado que, en el plano artístico, la formulación de un nuevo lenguaje fue la consecuencia de una serie de experiencias, tanto en el campo de la práctica como en el de la teoría, llevadas a cabo por varias generaciones de artistas.
Este período que se conoce como Renacimiento abarca las realizaciones artísticas italianas durante los siglos XV y XVI y las europeas de esta última centuria.

CUADROS EN LIENZO DEL RENACIMIENTO

El término Renacimiento aplicado al arte y la cultura de esta época procede del uso dado al mismo por los historiadores del siglo XIX. Balzac, en su obra “Le Bal de Sceau” (1829) parece ser que fue el primero en utilizarlo al describir la conversación de una contessina: “Razonaba con facilidad sobre la pintura italiana o flamenca, sobre la Edad Media y el Renacimiento“. Algunos años después y aplicado con un sentido científico, este mismo término lo hallaríamos en las obras de Michelet “La Ranaissance” de 1855 y Burckhardt “Die Kultur der Renaissance in Italien” de 1860 que serán quienes lo consagran definitivamente.

Sin embargo, los hombres del Renacimiento fueron conscientes de la renovación que suponía la cultura y el arte de su tiempo. La idea de renacer, resucitar o recuperar el ideal de un modelo perdido, frente a la “degradación” de la etapa inmediatamente anterior, aparece constantemente en los escritos de los humanistas y los tratadistas de arte. Para ellos, durante la Antigüedad clásica el arte había alcanzado uno de sus desarrollos más elevados. De ahí que el modelo cultural de la Antigüedad funcionase como un ideal y un mito. Los arquitectos, escultores y pintores del siglo XV italiano intentaron recuperar este modelo, estudiando las órdenes y las estatuas antiguas, los monumentos y las noticias y teorías de los escritores de la Antigüedad. Sin embargo, no debe interpretarse esta atención por los modelos clásicos como una actitud puramente imitativa. Los hombres del Renacimiento plantearon frecuentemente la idea de superar las realizaciones de los antiguos. Además, en ningún caso, el arte de la Antigüedad, salvo para ciertos casos aislados, sirvió estrictamente como un modelo. La pintura tuvo que “recrear”, a través de la perspectiva, un nuevo sistema de representación. Y lo mismo cabe decir de la arquitectura que pronto tuvo que elaborar una teoría propia bien distinta de las empleadas en el arte clásico.

La renovación de toda la actividad artística que supone el Renacimiento no fue sólo la consecuencia de un nuevo planteamiento estético, sino que responde a causas más profundas. La primera de ellas es el nuevo tipo de funciones que asume el objeto artístico, al quedar desplazadas las de carácter religioso que había venido cumpliendo, casi de forma exclusiva, durante toda la Edad Media. Las realizaciones artísticas pasan a convertirse en instrumentos de prestigio y de exaltación de la humanitas de los comitentes. Los programas artísticos de Lorenzo de Médici en Florencia, Francisco I, Carlos V, Felipe II, los Papas y ciertos sectores de la nobleza son sumamente expresivos al respecto.

El arte se convierte en uno de los componentes imprescindibles del ideal humanista. Las cortes, en este sentido, rivalizan entre sí disputándose a los artistas que adquieren una nueva consideración social y profesional. De ahí que el culto a la individualidad, el valor de la personalidad de los artistas, adquiera una nueva dimensión. Lo cual determina una ruptura del anonimato y el carácter gremial que había tenido su actividad durante toda la Edad Media. A partir de Petrarca y los humanistas, la Antigüedad es vista por primera vez con perspectiva histórica, como una civilización de pleno derecho. La actitud de estos hombres no es ya la de saquear sus logros, sino la de penetrar, sentir y comprender críticamente esta civilización del pasado.

El hombre medieval no establecía diferencia entre su propia época y la Antigüedad; más bien se apasionaba por el pasado, tomaba de él lo que le convenía, se confundía con él. Los humanistas acuden a los clásicos no para identificarse con ellos, sino para situarse críticamente y definirse frente a ellos.

Por primera vez desde la Edad Media, el hombre del Renacimiento siente la necesidad de definir sus señas de identidad porque toma conciencia de que su época es diferente de las anteriores, adquiere el sentido de la historia y de tiempo. El mundo deja de ser un cosmos fijo e inmutable, sólidamente anclado en verdades universales para transformarse en un mundo que evoluciona y cambia, un mundo en el que el hombre descubre infinitas posibilidades de acción porque siente y se sabe libre.

Las relaciones del hombre con la sociedad se vuelven también dinámicas. Roto el dominio y las relaciones feudales, el hombre se ve a sí mismo como dueño de su destino; ya no pertenece a una clase social en función de su nacimiento, sino en función del lugar que ocupa en el proceso productivo. En una sociedad en que las clases sociales están en permanente transformación, el individuo puede cambiar de clase social; su destino puede depender de lo que haga por sí mismo.

Esta posibilidad de dominio sobre el propio destino va a potenciar el individualismo en cuanto valoración del individuo que se hace a sí mismo y deja su huella en el mundo.

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En todo ello encontramos una de las explicaciones del interés que se siente por el antropocentrismo de la Antigüedad. Durante el Renacimiento, el hombre se convierte en un punto de referencia constante, pero en muchos aspectos el centro del pensamiento se desplaza hacia la naturaleza. A través de la producción el hombre puede crear, a partir de la naturaleza, una segunda naturaleza. Por tanto, uno de los deberes primordiales del hombre renacentista es pensar sobre ella, investigar sus fenómenos y descubrir sus leyes, actitud que a la postre conducirá al pensamiento científico.

En definitiva, el Renacimiento marca el tránsito de la Edad Media a la Edad Moderna. A lo largo del siglo XV se expide el acta de defunción de los valores medievales. Una nueva sociedad acaba de nacer.

Desde el punto de vista artístico, el Renacimiento se divide en dos grandes periodos: el que ocupa la centuria del siglo XV (Quattrocento) y el del siglo XVI (Cinquecento).

Durante el Quattrocento se forman y se desarrollan las nuevas formulaciones estéticas y los nuevos valores que caracterizan el movimiento renacentista. A finales del siglo XV, algunos de estos valores que ayudaron a formular la identidad del Renacimiento y sus realizaciones artísticas entran en crisis al llegar a la plena madurez de su lenguaje.

Florencia en la segunda mitad del siglo XV

A partir de la segunda mitad del siglo XV, se exploran los nuevos caminos de expresión artística, basados en el sentimiento y la emoción.

Las formulaciones científicas que pretendían racionalizar el lenguaje artístico mediante la perspectiva, dan paso a las influencias neoplatónicas y al impacto que las predicaciones rigoristas del dominico Savonarola producen en la conciencia de muchos artistas de este momento.

La fe en las posibilidades infinitas del hombre para ordenar y comprender el mundo (naturaleza y sociedad), la confianza en su razón y en la creencia de que es dueño de su destino sufre, durante el siglo XVI, una importante quiebra.

Una serie de acontecimientos provoca una profunda crisis en la sociedad, que afecta profundamente a la conciencia de los artistas y humanistas cuyos planteamientos chocan con una realidad frustrante y amenazadora. En 1517, la Reforma protestante da origen al primer movimiento popular de la Edad Moderna y divide a las naciones en términos religiosos e ideológicos: países católicos y países protestantes, entre los que el calvinismo pone las bases ideológicas más radicales para el desarrollo del capitalismo.

Todos estos acontecimientos provocan un período de convulsiones y de gran agitación en todos los terrenos de la vida europea, cuya expresión plástica da origen al florecimiento del Renacimiento. Un Renacimiento que, en cualquier caso, y desde el punto de vista artístico, ya desde el Quattrocento presenta no un solo y hegemónico rostro, el del renacer florentino, sino que aparecen en diferentes ciudades-estado, otras alternativas y desarrollos distintos de los de la ciudad de Florencia.

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