Impresionismo

impresion de sol naciente, monet
Impresionismo
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Raras veces en la historia de la pintura europea un solo movimiento ha dejado una huella tan honda como el impresionismo. En el lapso de poco más de un siglo, sus exponentes se han convertido en nombres familiares en la aldea global de nuestros días.

Si hubiera que buscar una comparación para sus realizaciones, sólo podríamos hallarla en el Renacimiento, el período en el que, por vez primera, el hombre creyó en un universo que él podía ordenar e incluso controlar, determinando cuanto veía y expresaba, no en términos de una escala de valores trascendental, sino mediante las leyes de la perspectiva.

Los impresionistas dieron un paso más en ese proceso, liberando el arte de su dependencia del dogma e intentando pintar no lo que creían ver, ni tampoco lo que pensaban que debían ver, sino sencillamente lo que veían. De esta emancipación iba a surgir el arte del siglo XX en sus diversas manifestaciones.

El movimiento impresionista fue particularmente notable porque lo configuró una veintena de artistas, que mantenían una íntima relación, residentes en la ciudad de París, hijos de su tiempo y producto de un único ambiente cultural que los moldeó en la misma medida que ellos influyeron en él.

El desarrollo tecnológico ayudó de muchísimas maneras a las nuevas aventuras artísticas. La invención, en la década de 1840, de los tubos de pintura, de plomo maleable, facilitó el trabajo al aire libre. El descubrimiento de una nueva variedad de pigmentos permitió ampliar la variedad cromática de los artistas. Y las investigaciones de químicos como Eugéne Chevreul dieron nacimiento a teorías sobre la combinación óptica de los colores, que resultó fundamental para las técnicas del impresionismo, el puntillismo y el divisionismo.

CUADROS EN LIENZO DE IMPRESIONISTAS

El desarrollo de la fotografía, que fue ganando en perfeccionamientos y en adaptabilidad, reforzó la preocupación de los impresionistas por lo que Degas llamó “instantaneidad mágica”. Además hizo posible la proliferación de cuidadas reproducciones de obras artísticas, promoviendo con ello la información visual de un número cada vez mayor de personas. Este procedimiento no contribuyó mucho a dar a conocer la obra de los impresionistas, pero permitió a un número creciente de personas percatarse de que el realismo naturalista del arte tradicional no era el único idioma visual aceptable.

Con el impresionismo se culmina finalmente un largo recorrido iniciado por la pintura en los albores del siglo XV, donde la captación de la realidad es la protagonista y, por otro lado, se abren las puertas del siglo XX. Si se entiende así al impresionismo, es decir, como el punto de llegada de un modo de ver y representar lo natural, la vía del naturalismo y, sobre todo, como el momento de génesis del arte contemporáneo, es fácil comprender la importancia que en la aparición de su lenguaje tuvieron otras instancias de la historia de la pintura. Conceptos como los de luz y color, se encontraban ya en la pintura veneciana de mediados del siglo XVI, mediante la valoración de la luz natural con toques ligeros de color, efectos que también están presentes en la pintura holandesa del XVII y asimismo en las obras tanto de Velázquez como de Goya.

 

Pero ateniéndose a los antecedentes inmediatos a la aparición del impresionismo, es claro que éste tuvo en la pintura francesa de la primera mitad del siglo XIX sus orígenes más próximos. Como un buen descendiente de su época, el impresionismo hundió sus raíces más sólidas entre los lenguajes a él coetáneos. Ciertos paisajes del Diario de Delacroix, antecedente indudable de los impresionistas, hablan de modo elocuente. “No fue este pintor romántico quien afirmó que en la Naturaleza todo era reflejo? Ciertamente, reflejo de la luz que llegaba a los ojos y les hacía reconocer el color, tal como mostraban los cuadros contemporáneos de Turner o de Constable. También Corot, artista tan sensible como los impresionistas a la realidad de la luz y a su actitud ante lo natural. El mismo Courbet instó constantemente a pintar lo que se veía, coincidiendo plenamente con las aspiraciones del grupo. Y nadie ignora la atracción que sintieron por los pintores paisajistas de Barbizon, de los que estuvieron más cerca, y quienes sin duda abrieron el camino en sus búsquedas luministas, sobre todo Rousseau y Daubigny, y también de ese magnéfico captador de valores atmosféricos que fue Boudin.

El impresionismo, cazador de lo fugitivo, buscó en la naturaleza lo huidizo e inasible: el agua y el vapor en el que se convierte, bajo los rayos de una luz implacable, las masas sólidas de la arquitectura corroídas por fuertes luminosidades, los humos de las locomotoras que impiden la solidez lineal de las estructuras de hierro en las estaciones y el campo abierto de atmósferas transparentes y claras luces. Y todo ello captado con un ojo sensible e inquisidor que penetró con certeza en la esencia de las cosas, sin más intermediario que su propia sensibilidad. El impresionismo, fue, sobre todo, observación, pero una observación emotiva de la naturaleza que transportaba al lienzo a través de formas, transmitidas por colores puros y una gama más sencilla y brillante que las que utilizaban los románticos y realistas. Les bastó con siete u ocho colores: verdes, azules, violetas, rojos, bermellones, anaranjados, amarillos, a los que añadieron lacas.

Técnica pictórica del Impresionismo

En cuanto a la técnica, y con detalles propios de la genialidad de cada autor, el artista manejaba pinceladas yuxtapuestas de tonos puros para conformar una textura de toques de color, con relegación del negro al mínimo, o incluso su total desaparición. Pintar de forma impresionista significaba representar lo visto con los propios ojos, la realidad tal y como aparecía ante la mirada del pintor. El centro de la atención era la propia vida cotidiana, antes el ocio que el trabajo, el cielo, el mar, los paisajes… Los impresionistas tenían especial interés por los rasgos dinámicos de la realidad, en la que se pueden observar cambios rápidos, transformaciones y movimientos, luces y colores e inclinándose por esos tonos luminosos, destacando cómo la apariencia cromática de un objeto que cambia según el entorno o la iluminación.

Los impresionistas descubrieron que se obtenía una impresión más intensa y clara de un color cuando se unían en la superficie del cuadro manchas de otros colores puros, que posteriormente se mezclarían en los ojos del observador. Lo que legitimaba su quehacer era experimentar y desarrollar una nueva manera de ver, por lo que el tema elegido carecía para ellos de verdadera importancia.

Si bien la intención común era clara, no fue hasta 1874 cuando, a raíz de una exposición, se acuñó el nombre de Impresionismo, adoptado del título de un cuadro de Monet, Impression, Soleil levant, de 1873.

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Impresión de sol naciente, Monet 1873

Tras ello, tuvo que pasar algún tiempo para que el público aprendiera a ver un cuadro impresionista, retrocediendo algunos metros y disfrutando del milagro de ver esas manchas embrolladas, colocarse súbitamente en su sitio y adquirir vida ante sus ojos. Conseguir este milagro y transferir la verdadera experiencia visual del pintor al espectador.

Una nueva mirada del espectador

La conciencia de la nueva libertad y del nuevo poder que estos artistas tuvieron debió compensarles en gran medida de las burlas y la hostilidad con que tropezaron. Súbitamente, todo ofreció temas idóneos al pincel del artista; dondequiera que hiciese una bella combinación de tonos, una configuración interesante de colores y formas, un sugestivo y alegre resplandor de sol y sombras coloreadas, podía sentarse ante su caballete y tratar de recoger su impresión sobre la tela. Todos los viejos espantajos como los temas graves, las composiciones armónicas y el dibujo correcto se dejaron de lado. El artista no tenía que responder ante nadie sino ante sus propias sensaciones de lo que pintaba y cómo lo pintaba

La lucha de los impresionistas se convirtió en una especia de leyenda áurea de todos los innovadores en arte, quienes en lo sucesivo podrían acogerse siempre a aquella manifiesta incapacidad del público para admitir nuevos métodos. En cierto modo, este evidente fracaso es tan importante en la historia del arte como el triunfo final del programa impresionista.

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